San Jacinto

Salimos muy a las 4:30am. Empaqué las cosas en el carro: maleta con poca ropa y la maleta de la cámara. Recogí a Jaime, o El Mago, que en esa época vivía a menos de 20 cuadras de mi apartamento.

Cuatro días antes, en una fiesta en Quiebracanto, Los Gaiteros de San Jacinto nos invitaron al festival de gaitas en San Jacinto y al matrimonio de uno de ellos. La invitación no fue una simple habladuría de borrachos, con un gaitero (un gaitero de verdad) la borrachera nunca es habladuría.

Bogotá claramente estaba despejado, a las 5:00am ya estábamos llegando al peaje de salida a La Vega. En ese momento recordamos que habíamos dejado el trípode, un adaptador extra para el micrófono, el steady cam casero, y nos dimos cuenta que lo que pretendía ser un viaje perfectamente documentado, sería más un paseo. Es curioso que casi 1 año después, momento en el que me animé a escribir esta experiencia, la grabación esté en México en proceso de laboratorio para generar un internegativo que será exhibido en todas las salas de Cine Colombia.

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Empezó a amanecer y estábamos atravesando Villeta. No nos tomó mucho tiempo en llegar de ahí a Honda. Fueron más o menos 2 horas y media de viaje en la carretera con más montañas del trayecto. De ahí en adelante sería seguir todo el Magdalena Medio hasta la Costa. A la 12 en punto paramos a almorzar antes de agua chica. Salimos más o menos 1 hora después. A las 4:30 pm ya estábamos en Plato, Magdalena, cogiendo el cruce para el Carmen de Bolívar. 6:30 de la tarde estábamos entrando a San Jacinto, pueblo que queda a 1 hora de Cartagena.

El pueblo ya era una fiesta completa. Calles cerradas, borrachos en las calles, músicos en cada esquina, cerveza, ron y old parr en todas partes. Teníamos que buscar al encargado de la Casa de la Cultura, él nos ubicaría y guiaría a lo largo del festival.

El encargado estaba bastante ocupado cuando lo encontramos merodiando cerca al escenario principal. Nos pidió que esperáramos así que nos tomamos una cerveza y nos sentamos en alguna de las sillas frente al escenario. Por ahí a las 8 de la noche nos dijo dónde ir. Teníamos que llegar a una de las escuelas del pueblo. En la escuela no teníamos colchones, ni hamacas ni nada. Nos tocó ir a buscar a nuestro amigo Francis Lara para que nos prestara al menos una colchoneta.

Cuando lo encontramos ya eran las 9 de la noche, habíamos comido algo en la plaza y nuestro destino para el viaje era completamente incierto. Francis estaba con un grupito de gaiteros bogotanos del cual era profesor. Nos presentó, nos brindó algo de lo que estaban tomando y arrancamos para su casa. Como buen costeño y buen amigo, nos dijo que esa noche y todas las que fuéramos a estar nos quedaríamos en su casa. Luego nos presentó a toda su familia (toda su familia son sus papás, hermanas, hijo, abuela, tias, primos-as, sobrinos-as, y hasta los vecinos…, aún hoy en día no recuerdo el nombre ni de la mitad de ellos).

Inmediatamente después de esto, nos sentó, nos dio algo de tomar y apenas terminamos arrancamos para la plaza…, a beber. Entre todos compraron un par de botellas de ron y como el festival aún no empezaba, se sentaron algunos san jacinteros (incluido el de la casa de la cultura), los bogotanos, y un argentino que vivía en el pueblo para aprender la gaita. Todos tocaron, todos tomaron y en menos de 15 minutos se armó una parranda de cumbia en plena plaza, lo cual era algo difícil teniendo en cuenta que en la plaza, en época de festivales, hay por lo menos 5 pickups prendidos a todo volumen.

Era la 1 de la mañana y la fiesta continuaba en todo su furor. Mis ojos ya no aguantaban más, había manejado 14 horas (bueno Jaime manejó unas 5 de esas 14), había madrugado y no había tenido ni tiempo para un baño…, me iba a quedar dormido como un borracho en cualquier banca. En ese momento no podía ir a la casa de Francis y buscar cama para no parecer abusivo, pero tampoco podría quedarme ahí porque me quedaría dormido. La solución fue sencilla: nos escabullimos entre toda la gente que estaba con nosotros, prendimos el carro, arrancamos con las luces apagadas y parquee frente a la escuela. Apagué el carro, puse el freno de mano, bajé las ventanas y recliné mi asiento. Primera vez que dormí dentro de un carro para descansar una noche completa.

Desde las 7am los niños que venían a participar en el festival y que se hospedaban en la misma escuela, ya estaban golpeando las ventanas y corriendo alrededor del carro. A pesar del cansancio nos tocó levantarnos, y pedir un baño para bañarnos. Nos llevaron a los baños del colegio. San Jacinto no tiene acueducto, así que tocaba llenar un balde con agua y bañarse “a totumasos” frente al lavamanos.

Medio bañandos y medio descansados arrancamos para la plaza. Desayunamos las mejores arepas de huevo que existen en el planeta con jugo (este, claramente, fue el desayuno de todos los días). De ahí cogimos para la casa de la cultura donde nos entregaron escarapelas de invitados especiales. Nos sentamos en el patio de la casa y organizamos un “plan de rodaje” sencillo y fácil de cumplir. No nos íbamos a ir de ahí sin sacar un producto de tremenda experiencia.

Según lo que vimos la noche anterior, el objetivo del documental iba a ser algo sencillo: la nueva ola de gaiteros de todas partes del mundo. Entrevistaríamos a los alumnos bogotanos de Francis, a toda la familia de Francis, al grupo más importante en el momento, a Juan Chuchita y, claramente, a Numas Armando Gil, el filósofo san jacintero Phd de la Sorbona.

En la tarde nos encontramos con Francis, nos obligó a instalarnos en su casa y nos dijo que si nos íbamos a ir antes de que se acabara la rumba no subíamos a su casa y nos acostábamos en un par de hamacas que adecuó en el patio. Con el mayor gusto pasamos ahí todo el fin de semana, salíamos y entrábamos como Pedro por su casa. Hasta su tía abuela nos atendía como parte de la familia cada que llegábamos.

El resto del viaje andamos el pueblo de arriba a abajo con cámara en mano. Grabamos los conciertos, el festival, los niños, los jóvenes, los viejos. Entrevistamos a todo personaje interesante que se atravesaba y bebimos ron todas las noches.

Al segundo día se nos presentó el problema más grande de todos: no hay acueducto, por lo cual entrar al baño no es nada fácil. Planteamos todo tipo de soluciones: irnos a la bomba más cercana (que en ese caso sería casi llegando a Cartagena), pero era más complicado que, simplemente, buscar un buen baño. Entre la discusión recordé que uno de los bogotanos se hospedaba en un hotel cerca a la estación de policía. Los buscamos y pedimos el baño prestado. Fueron los 1000 pesos que pagué con más gusto en toda mi vida. El resto del viaje, el Hostal La Paz, fue el lugar de mayor tranquilidad en todo San Jacinto.

Para el sábado ya teníamos grabado todo lo que necesitábamos y estábamos listos para arrancar al otro día bien temprano en la mañana. Esa noche llegamos bien temprano a la casa de Francis. Él estaba allí con unos amigos tomando ron, nos sirvió uno a cada uno y se sentó a contarnos historias de sus viajes por el mundo como gaitero. ¿Cómo irse a dormir en ese momento tan especial? Francis es un tipo sencillo, que ama su pueblo, pero que ha viajado por toda Europa, por Asia, y por Latinoamérica tocando el tambor. Sus historias en cada viaje son, claramente, maravillosas. Duramos tomando ron y escuchando sus historias casi hasta el amanecer. Hubo espacio y todo para que Jaime le hiciera un show de magia a JuanJo, el hijo de Francis.

Al otro día nadie nos levantó; un costeño jamás te va a levantar un domingo de guayabo. Salimos de San Jacinto a las 12 del día. Por más que le metimos la pata al carro, almorzamos dentro del carro (sin parar) y adelanté a cuanto camión me encontré. No logramos llegar a Honda temprano. Por esos días la carretera Honda – Bogotá tenía paso restringido por derrumbes.

Al llegar a Honda, a eso de las 10 de la noche, la carretera ya estaba cerrada. buscamos hotel, comida y al otro día, muy a las 4am estábamos en carretera. La vía no la abrían sino hasta las 5am. Cuando llegamos al punto cerrado, nos encontramos con más de 30 carros esperando a que abrieran. Hasta el momento no habíamos tenido problemas en la vía, pero unos kilómetros después de Villeta tuvimos nuestro primer y único pinchazo. El recorrido que pudimos hacer en menos de 3 horas, lo hicimos como en 5.

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