Porto la ciudad de las olas

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Para ir a Porto decidimos ir en avión, cada uno estaba en una ciudad distinta así que la mejor manera de pasear era llegando allá cada uno en un vuelo distinto. Desde Barcelona son un poco menos de dos horas pero mi vuelo se demoró más de lo normal por la cantidad de vientos en contra. Dado que por Portugal entran todos los vientos del Norte, en esta ciudad ventea bastante y el vuelo tardó 15 minutos más de lo normal. Ella tuvo que esperarme en el aeropuerto, cuando llegué dijo: “¡Es muy raro llegar a un aeropuerto y tener que esperar alguien como si uno viviera acá!”.

Cogimos el tren hacia la ciudad, por averiguaciones que había hecho previamente sabía que tocaba bajarse en la estación Trindade. De ahí caminamos buscando hostales pero el hambre nos ganó así que nos detuvimos en la vía principal a comer en un restaurante donde probé mi primera Francesinha, ¡excelente plato!

Seguimos nuestra búsqueda, después de casi 3 hoteles, 2 hospederías y 2 hostales, decidimos que la mejor opción era una hospedería. Estaba decente, presentable, limpio y por menor precio nos daban habitación con baño privado. Ahí fue la primera vez que vi que los hostales en Europa no necesariamente son la mejor opción.

Terminó haciéndose de noche durante la búsqueda, así que nos acomodamos en nuestra habitación y salimos a buscar la manera de bajar hasta el río para buscar algo de comer. Nos encontramos con un sitio pequeño pero muy acogedor: “Peter, Café Sport”. No me resistí a una nueva Francesinha con una salsa distinta a la anterior y ella pidió un salmón que estaba delicioso. Lo acompañamos con vino verde Alvarinho de un viñedo al norte de Portugal cerca a Santiago de Compostela.

Al otro día empezamos las actividades turísticas: caminamos la ciudad, recorrimos el río en un barco, fuímos a los viñedos (que dan a probar unos vinos dulzones nada agradables) y después caminamos hasta la Casa de Música, un lugar que recomiendan mucho, pero que no es tan recomendable, aunque la plaza de en frente es bastante linda.

Al siguiente día la cosa fue similar. Caminamos hasta la casa de cristal, un lugar rodeado de un parque bastante lindo, lleno de pájaros de diferentes clases y con un museo de la época del romanticismo bastante bien cuidado y organizado que vale la pena visitar, además la guía fue bastante amable; si bajan al museo a la salida encontraran unos callejones llenos de graffitis que parecen la bajada de un barrio latino y que los llevarán al tranvía que realmente da un poco de miedo pero vale la pena utilizarlo. Luego fuímos hasta el lugar más espectacular de todo Porto: las playas. Como la marea es tan alta y además desemboca el río Duero, las olas se estrellan contra las construcciones de piedra hechas para que desemboque el río con más calma (facilidad en la navegación para las embarcaciones pequeñas) y alcanzan muchísimos metros de altura donde parecen ahogarse las gaviotas.

Por la playa caminamos hasta el otro lado de Porto donde se surfea, pero nos encontramos con que en realidad el deporte que practican, a pesar del invierno y la lluvia, es el Kite Surfing (que se veía bastante divertido).

La lluvia finalmente nos devolvió al hotel a pesar de nuestros intentos por refugiarnos en algunas tiendas frente a la playa y acabaron nuestro paseo que al otro día finalizó en el aeropuerto igual a como habíamos llegado pero cada uno haciendo una fila distinta para un vuelo distinto.

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