Berlín, la ciudad que realmente tumbó los muros

Los pocos días que estuvimos en Berlín no fueron suficientes. Hasta el momento solamente en París fue necesario tomar metro para ir de un lugar que queríamos visitar a otro para poder aprovechar los días, pero Berlín tiene tanto por ver que es imposible no utilizar el metro varias veces al día. Todo lo que nos habíamos podido ahorrar en transporte urbano caminando en las ciudades fue imposible de lograr en esta ciudad.

Claro, es normal, una ciudad que estuvo dividida durante tanto tiempo tiene lugares increíbles en cada extremo y para seguir la costumbre del Este, nos hospedamos en un barrio más bien residencial a unos 3 o 4km del . Además aún hoy en día refleja por completo como esa división cambió la ciudad, cambió a la gente y los hizo más amables, más unidos y más tranquilos. Tanta imposición durante tanto tiempo y tanto miedo que tuvieron los hace hoy en día una ciudad mucho más abierta. Por eso es que la mayoría de inmigrantes habrán llegado allá, o por eso será que la mayoría de artistas alemanes quieren estar en esta ciudad, por eso es considerada la ciudad que dentro de unos años será la más importante de Europa en temas culturales. En términos económicos es una de las ciudades más económicas de todo el continente, tiene poca industria así que la inversión interna es muy baja y la afluencia de gente depende principalmente de las universidades y los estudiantes extranjeros.

Hoy en día la ciudad entera es un recuerdo de la división política de la ciudad, un museo vivo sobre el muro de Berlín. En cada lugar lo recuerdan, en el suelo mantienen el rastro de los lugares exactos por donde pasaba el muro, en algunos otros tienen exposiciones de graffittis y tienen además la galería de arte más larga del mundo: East Side Gallery, un pedazo de muro de unos 3 kilómetros donde se exhiben pinturas del muro de artistas de todas partes del mundo: el famoso beso entre Mijaíl Gorbachov y Erich Honecker o las cabezas de Thierry Noir.

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El simple hecho de pasar de Potsdamer Platz a Alexander Platz y descubrir los sellos arquitectónicos de cada lugar, Oeste y Este respectivamente, demuestra una historia impresionante de la ciudad.

Desde nuestra llegada  la amabilidad de la gente se sintió. Nos hospedamos en un lugar cuyo nombre lo explica todo: Davids Little Cozy Moonshine Palace, un hostal que más bien parece un escampadero de Couch Surfers. David adecuó su casa, ubicada en una esquina al norte del Tiergarten en el barrio Moabit, y adecuó dos o tres apartamentos cercanos para disponerlos con habitaciones. Nos recibió un hombre bastante amable que andaba descalzo por el hostal y que nos explicó de forma muy corta cómo funcionaba la cosa: él nos entregaba una llave al hostal por si llegábamos tarde, pues él se iba a dormir y cerraba, nos entregó las llaves de la habitación y nos llevó hasta ella, una habitación que no quedaba dentro de la casa del hostal sino en un apartamento en un condominio al lado, es decir cada vez que queríamos ir a la recepción teníamos que salir del edificio y caminar hasta la esquina donde estaba la “sede central” del hostal, no era mucho lo que teníamos que caminar pero no dejaba de divertirnos todo el asunto.

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Usualmente no lo veíamos, llegábamos en la noche después de nuestros recorridos y en la recepción solo estaban los demás huéspedes porque ahí era el único lugar con WiFi. Bastante acogedor el asunto, y no lo digo de forma sarcástica, de verdad es que los berlineses aparentemente son así, le abren las puertas a la gente y no consideran que nadie les vaya a hacer nada malo. El último día teníamos que salir bastante temprano y la cosa era muy fácil, nosotros simplemente dejábamos las llaves en la recepción en caso de que no hubiera nadie. Bueno pues si había alguien en el escritorio que se usaba como “Front Desk”, el problema es que el personaje, a quien nunca antes había visto en los 3 días de visita a la ciudad, estaba muerto de la borrachera en el piso. Cuando dejé las llaves en el buzón destinado para retornarlas el hombre se despertó exaltado, como portero borracho la noche del 31.

Berlín, una de las ciudades donde de verdad me gustaría pasar una larga temporada y descubrir todos esos pedazos de historia y convivir con esta gente tan amable que hoy en día no considera que alguien pueda hacerles mal, hasta el punto que te dan las llaves de su casa por pagar la módica suma de 7 euros la noche.

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